Hallan indicios de momificación milenaria en el sudeste asiático mucho antes de lo pensado

¿Te imaginas que el secreto de la momificación más antigua del planeta no estuviera en Egipto, sino en las húmedas junglas del Sudeste Asiático? Un equipo científico acaba de reescribir una de las historias más antiguas del vínculo entre humanos y la muerte. ¿El resultado? Un hallazgo sorprendente, tan ancestral como conmovedor.

La momificación más antigua: un viaje a los orígenes del rito funerario

Hasta hace poco, hablar de momias evocaba las arenas egipcias o el frío de los Andes. Pero no. Un grupo de arqueólogos de la Universidad Nacional de Australia (ANU) ha encontrado en cuevas y refugios de China y el sudeste asiático una evidencia que desafía todos los mapas mentales: humanos momificados hace más de 14.000 años. Mucho, mucho antes de que los faraones soñaran siquiera con sus pirámides.

Un método a contracorriente: humo, sogas y paciencia

¿Cómo se conservaban estos cuerpos en un clima tan poco amigo de la preservación? Aquí la cosa se pone, cuanto menos, ingeniosa. Las pistas descubiertas apuntan a que aquellos cazadores-recolectores practicaban una momificación “al humo”. Así, literalmente. El ritual consistía en atar con cuerdas el cadáver doblado, suspenderlo sobre una hoguera humeante —no fuego abierto, ojo— y dejar que el humo hiciera todo el trabajo durante un periodo prolongado.

De esa forma conseguían dos cosas: ralentizar la descomposición en un ambiente monzónico donde todo tiende a pudrirse velozmente y, quizás, mantener a sus muertos al alcance de la mirada y del recuerdo. No encerrados, sino cerca. Como si siguieran cuidando del grupo.

Pruebas bajo el microscopio: huesos ahumados y radiocarbono

En total, los científicos analizaron 54 entierros procedentes de 11 yacimientos arqueológicos en el sur de China, Vietnam y países vecinos. Algunos de esos restos, datados por radiocarbono, superan los 14.000 años de antigüedad. El laboratorio fue clave: las señales de ahumado y marcas de quemaduras antiguas en los huesos son inconfundibles.

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“Este método de secado al humo es la evidencia más antigua conocida de momificación deliberada en el mundo”, afirma Peter Bellwood, uno de los autores. Las explicaciones tradicionales, que atribuyen la momificación en otras regiones a factores ambientales como aire seco, no tenían cabida aquí. El Sudeste Asiático, con sus lluvias y humedad, impide la desecación natural. Tocaba agudizar el ingenio.

De Asia a Oceanía: una tradición más amplia de lo imaginado

Curiosamente, esta práctica no fue un fenómeno aislado. La arqueóloga Hsiao-chun Hung —autora principal del estudio— conectó este proceso con métodos funerarios documentados entre pueblos indígenas de Australia y Nueva Guinea, incluso en tiempos recientes. ¿El detalle? Las posturas y ataduras descritas hace solo unas décadas coinciden casi al milímetro con lo hallado en los esqueletos antiguos.

Basta comparar la arqueología con la etnografía para ir encajando el puzzle. Las tradiciones funerarias viajan —y perduran— más de lo que pensamos.

Momias, memoria y humanidad: ¿por qué momificar?

Enterrar o conservar. Dejar ir o retener. El impulso de honrar a los ancestros está, según Bellwood, grabado a fuego en todas las sociedades humanas, sean de hace 14 milenios o de nuestros días. Momificar, en el fondo, es una manera de hacerle frente al olvido y a la corrupción inevitable del cuerpo. De sostener la presencia de los que se han ido al menos un rato más, sea en una tumba o al interior de la propia vivienda.

Una ventana al pasado remoto

Este estudio, publicado en la prestigiosa revista científica PNAS, no solo pone patas arriba la cronología de la momificación, sino que invita a repensar cuánto compartimos con aquellos primeros grupos de cazadores-recolectores. En el respeto al pasado, en la creatividad para superar límites —incluso los impuestos por la propia naturaleza— y en la manera de enfrentar la muerte.

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El descubrimiento nos recuerda que, como especies, somos contadores de historias… y también guardianes de nuestros muertos. Hoy, 14.000 años después, seguimos intentando entender esa frontera entre la vida y la muerte. Y a veces, las respuestas están donde menos lo esperas: en el humo de una hoguera, en lo profundo de una cueva, en los ecos de nuestros ancestros.

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