Las montañas arden y el planeta observa: ¿por qué cada vez más personas se ven alcanzadas por los incendios forestales, aunque aparentemente las llamas consumen menos territorio? La respuesta esta vez —como suele pasar con la naturaleza— es más compleja y mucho más humana de lo que se imagina.
El fuego avanza, las personas también
En septiembre de 2024, un incendio devoraba las montañas de Santa Ana, a tan solo 30 kilómetros de la Universidad de California en Irvine. Un paisaje que ha visto crecer suburbios al calor del sol californiano y que, de repente, se convierte en el escenario perfecto para entender una paradoja global: la tierra quemada por incendios forestales ha bajado, pero cada vez más gente termina acorralada por las llamas. ¿Cómo es posible?
Un estudio reciente publicado en la prestigiosa revista Science lo deja claro: el crecimiento poblacional está empujando a las personas directamente a la boca del lobo, esto es, a zonas donde el fuego forma parte del paisaje natural. Así que, aunque haya menos territorio arrasado, la cantidad de personas expuestas ha aumentado un 40% en dos décadas, superando ya los 440 millones en todo el planeta. Como si toda la Unión Europea viviese en medio del monte.
África: el epicentro invisible de los incendios forestales
Quizá sorprenda, pero la imagen de un bosque canadiense envuelto en humo o de un koala huyendo de las llamas no representa ni la décima parte del drama global. Más del 85% de las personas expuestas a incendios forestales viven, en realidad, en África. Cinco países del corazón del continente —Congo, Sudán del Sur, Mozambique, Zambia y Angola— suman la mitad de toda la exposición mundial. ¿Estados Unidos? ¿Australia? ¿Europa? Solo reúnen, juntos, menos del 2,5% del total.
Las noticias, eso sí, suelen centrarse en los grandes fuegos de Occidente, los que llenan titulares con imágenes dramáticas y pérdidas multimillonarias. Mientras, África arde en silencio informativo, aunque la vida rural quede, año tras año, marcada a fuego verdadero.
¿Por qué más gente termina rodeada de llamas?
El análisis revisó más de 18 millones de datos de incendios entre 2002 y 2021. Descubrió que cada año, unas 380.000 personas nuevas se suman a la lista de aquellas que han vivido un incendio cerca de su casa. Pero no es que ahora haya más fuegos descontrolados —de hecho, el área total quemada ha caído un 26%—, sino que mucha más población vive en paisajes tradicionalmente inflamables. Urbanizaciones en la linde del bosque, granjas cerca de pastizales secos, nuevos asentamientos en tierras abiertas.
En América, la intensidad de los incendios sí ha crecido. ¿La razón? El cambio climático, que endurece el “clima de fuego”: veranos calientes, menos humedad y vientos que avivan hasta la más pequeña chispa. En lugares como California, las condiciones para fuegos realmente destructivos se han multiplicado por cuatro desde los años 90. Es decir, ahora las probabilidades de encontrarse con un incendio de proporciones gigantescas son mucho mayores.
El caso europeo: menos incendios, menos gente en el campo
Europa y Oceanía, por otro lado, han visto cómo la exposición humana a los incendios forestales descendía ligeramente. El secreto: el éxodo rural. Cada vez menos familias viven en zonas remotas, lo que significa menos personas cerca de donde el fuego suele campar a sus anchas. Aquí, los factores sociales también resultan tan determinantes como los cambios ambientales.
La extraña paradoja: menos fuego, más riesgo para las personas
Amir Aghakouchak, investigador de UC Irvine, lo resume con una frase brutal: “La paradoja global de la disminución del área quemada y el aumento de los impactos humanos se debe, simplemente, a que cada vez hay más gente viviendo donde antes solo había fuego.” El problema, por tanto, no es solo ecológico, sino eminentemente social y de gestión territorial. El fuego sigue ahí, tal vez menos extendido, pero mucho más peligroso para quienes han decidido —o no les ha quedado otra— asentarse en su vecindad.
¿Qué podemos hacer para no seguir jugando con fuego?
- Practicar una gestión de la vegetación responsable, incluyendo quemas controladas y planes de prevención.
- Educar a la población para reducir conductas de riesgo: colillas, fogatas, residuos que pueden arder.
- Incorporar soluciones de ingeniería que limiten fuentes de ignición cercanas a los hogares.
Las soluciones existen. Pero la carrera va justa. A medida que el cambio climático extiende el “clima de fuego” por todo el planeta y las personas continúan buscando un lugar donde construir una vida, afrontar el riesgo de incendios forestales será cada vez más urgente. Porque si algo nos enseña la naturaleza, es que el fuego, tarde o temprano, siempre encuentra su camino.





