El fósil de un pájaro con piojos encerrado en un trozo de ámbar
En Myanmar se han encontrado fósiles de huevos de piojos que parasitaban las plumas de aves prehistóricas, algo muy poco frecuente.

Reconstrucción del piojo mesozoico descubierto en ámbar.
Science China Press
Uno de los fenómenos naturales más complicados de encontrar en el registro fósil es el parasitismo: los parásitos diminutos apenas dejan rastro de sí mismos en las rocas. Especialmente complicado es encontrar restos de aquellos parásitos que empezaron a parasitar a animales emplumados (aves y sus antepasados) durante el Cretácico.
Por eso es tan importante el fósil hallado en un trozo de ámbar de Myanmar por un equipo de la Academia China de Ciencias: se trata de unos huevos de piojo, adheridos a fragmentos de plumas pertenecientes a aves no identificadas (todavía), uno de los rastros de parasitismo más antiguos jamás descubiertos. El fósil se describe en un estudio publicado en National Science Review.
Piojo prehistórico. Hay una razón por la que es tan difícil encontrar fósiles de parásitos que se alimentaban adhiriéndose a las plumas de aves extinguidas: estas estructuras son más frágiles que los huesos y más difíciles de conservar en las rocas.
El artefacto hallado en Myanmar (país del que proceden algunos de los ámbares fosilizados más espectaculares del mundo) es, por tanto, excepcionalmente raro: un trozo de ámbar en el que se incrustaron fragmentos de plumas de ave a los que se adhirieron huevos de piojos. Diminutos y casi invisibles: cada huevo mide 512 micrómetros (es decir, medio milímetro) y está unido a la pluma por una sustancia parecida al cemento.
De libres a parásitos. Análisis posteriores permitieron situar a los propietarios de las plumas en el grupo de los enantiornites, aves que vivieron en el Cretácico pero no dejaron descendencia directa. La presencia de huevos de piojos en sus plumas, según los autores del estudio, confirma, entre otras cosas, la hipótesis de que en la era Mesozoica muchos parásitos ‘descubrieron’ a los primeros animales con plumas y pelo y los eligieron como criaturas perfectas para ser parasitadas; antes de esta transición, afirma el estudio, es posible que estos piojos no fueran parásitos sino que vivieran ‘libres’.





