¿Sabías que uno de los gases más peligrosos para el clima, el metano, está creciendo imparablemente? Gran parte de la culpa recae en el otro lado del mundo: Asia y el Pacífico en desarrollo, regiones que han acelerado su huella debido a la industrialización y sus poblaciones al alza. Mucho más que una estadística: estamos ante una amenaza global que pide a gritos atención. Pero, ¿qué podemos hacer cuando el problema es tan grande y está tan lejos? Aquí te lo cuento.
El metano: el gigante olvidado en la lucha contra el cambio climático
El metano. No se habla tanto de él como del CO2, pero en los próximos años será el protagonista incómodo del debate climático. Y es que, durante dos décadas, su poder de atrapar calor en la atmósfera es 80 veces mayor que el del dióxido de carbono. Una bomba silenciosa.
Un nuevo análisis internacional, abarcando datos de 164 países y 120 sectores económicos desde 1990 hasta 2023 (publicado en la revista Nature Communications), revela un dato demoledor: el metano no para de crecer. No hay señales claras de que se esté frenando este ascenso, y el comercio internacional es responsable de tres de cada diez toneladas que se lanzan a la atmósfera.
Industrialización, comercio y… ¿un planeta fuera de control?
A medida que la economía mundial cambia, cambian también los flujos de contaminación. Hace años, los países ricos eran los principales emisores. Hoy, la película ha cambiado. Las cadenas de suministro sur-sur —países en desarrollo comerciando entre ellos— están en auge. ¿El resultado? Asia y todo el Pacífico emergente lideran ahora las emisiones globales de metano.
Esta escalada tiene dos motores implacables: el crecimiento industrial y demográfico explosivo. Fábricas, ganadería, gestión de residuos, fertilizantes… Todo suma. Y cuanto más crecen estas regiones, mayor es su peso en el balance global de contaminación.
Los países desarrollados bajan su huella (pero no basta)
La noticia esperanzadora viene del otro lado del espectro. Las naciones desarrolladas han conseguido, en general, desacoplar el crecimiento económico del aumento de emisiones de metano gracias a tecnología y eficiencia. Bien por ellos, pero en términos globales esto no compensa el alud de emisiones del sur y el este del planeta.
¿Cómo cortar el grifo del metano?
El profesor Yuli Shan, uno de los autores principales del estudio, es claro: dado que el metano tiene una vida corta en la atmósfera, si reducimos ya, el impacto positivo será casi inmediato. Y por cierto, salvaría vidas: se calcula que la contaminación por metano provoca cerca de un millón de muertes prematuras al año.
- Frenar fugas en la industria del petróleo y el gas—La tecnología ya existe, sólo falta aplicarla a fondo.
- Agricultura—Optimizar la gestión del estiércol y cambiar la alimentación del ganado, especialmente vacas, puede reducir enormemente el metano liberado.
- Residuos urbanos—Con una gestión más efectiva, los vertederos dejarían de ser una fuente descontrolada del gas.
- Consumo inteligente—Reducir la carne roja y optar por opciones alimenticias con menor huella es clave.
- Fertilizantes de nueva generación—La innovación en este sector puede ser decisiva.
Un problema manufacturado en las cadenas de suministro
Klaus Hubacek, coautor, lo resume perfecto: “No podemos mirar solo dónde ocurre la emisión. Hay que entender por qué ocurre y a lo largo de toda la cadena de producción”. Así, una camiseta barata fabricada en Asia llega a Madrid o Lima tras un recorrido en el que cada eslabón —cultivo del algodón, transporte, procesado— suma metano a la atmósfera.
¿La tecnología la solución? Progresos, pero no hay milagros
En el lado positivo: entre 1998 y 2023, la tecnología ha avanzado tanto que la cantidad de metano emitida por unidad producida descendió dos tercios. Un logro nada menor. Pero, a pesar de ello, las cifras absolutas no bajan, porque producimos y consumimos cada vez más.
Un gas pequeño, un problema mayúsculo
Para quien todavía le quede alguna duda: el metano representa ya el 30% del calentamiento global desde la revolución industrial. Y su carácter efímero (se descompone mucho más rápido que el CO2) lo convierte en un objetivo ideal para actuar ya, con efectos visibles antes de una generación. Si no, seguiremos atrapados en la vieja trampa: tecnológicamente mejores pero incapaces de frenar nuestro propio ritmo.
La próxima vez que pienses en cambio climático, recuerda: muchas decisiones cotidianas, desde lo que compras a lo que comes, influyen en el gran mapa invisible del metano. Somos parte del problema, pero también de la solución.





